He querido plasmar en letras, cual intento de un poeta oculto, lo que se abriga dentro de mí, no necesariamente por ser todas ellas vivencias que afloran del corazón del autor, aunque debo reconocer que partiendo del mismo se han tejido muchos versos como propia inspiración; ante ello, quiero ser sincero que si bien de algunos textos al acorde de mi vida suelen plasmarse realidades ajenas, no es lírico afirmar que las estrofas sin acento o con rima están compuestas por el alma traicionada, por la musa recordada, por el gozo de dejarla o por el llanto de morir.
No pretendo con ello lograr el advenimiento de ser consagrado en la segunda parte de mi vida como un componente del género lírico; bástame tan sólo el hecho de que atentos a lo escrito, encuentren no en mi corazón sino en vuestros propios corazones nociones para auscultar el recuerdo de un amor ido o en serena obstinación denotar satisfacción por lo propiamente que han vivido.
En este sentido, “POEMAS DE LO HONDO DEL CORAZÓN (Y A VECES DE LA RAZÓN)” es más que un reto logrado.
Recuerdo a la sazón, que la “locura” de escribir de la que habla el poeta Guillermo Ortiz, quién gentilmente ha accedido a servir de presentador en esta aventura, no nace recientemente para mí, pues encontrándome cursando mis estudios universitarios en la ciudad de Lima, ya lo había pretendido, atraído por las lecturas pre-contemporáneas de los románticos Mariano José de Larra, José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer e, incluso de novelas americanas, como las de Irving Wallace, al punto que me animé en una de tantas noches de insomnio adolescente a comenzar a escribir una novela bajo la atenta media luz de un pequeño cuarto de pensión; recuerdo que era sobre un romance acontecido en la selva inhóspita de nuestro país, entre una pareja que se vio simultáneamente afectada por la diferencia de sus orígenes sociales y de riqueza, como por los acontecimientos políticos existentes, entre ellos, los del narcotráfico y la subversión imperante con sus muertes; así, avanzaba a mano firme sobre el papel los capítulos de esa mi primera novela, hasta que un día de repente cedí, me aventuré en lo mundano de la vida y su distracción, y mis letras escritas quedaron revestidas por el polvo amarillo en un viejo fólder de cartón escondidas en un cajón y recubiertas por la ropa íntima que de semana en semana me atrevía a lavar yo mismo.
Fue así, que en uno de los preámbulos de mi retorno a mi ciudad natal, Chiclayo, recordé lo que había escrito años atrás, y pretendí recoger mis viejos textos para intentar reiniciar mi novela incompleta, pero por más que busqué nunca encontré ese fólder de manila con mis hojas escritas, dando lugar a que nunca más volviera a escribir.
Pero un día, ya no entre las paredes de un frío y húmedo cuarto limeño, sino entre el calor de mi ciudad natal y la gracia de mi nuevo hogar, es que recordé lo que mi padre acostumbraba a recitar a sus noveles sobrinos, un fragmento de un poema que le enseñaron en su escuela primaria y que siempre repetía con voz trémula al aroma de unas copas de cantina: “Hace ya diez años/que recorro el mundo/ ¡He vivido poco!/ ¡Me he cansado mucho!/ Quien vive de prisa no vive de veras/quien no hecha raíces no puede dar frutos…/ Ser río que corre, ser nube que pasa/sin dejar recuerdos ni rastro ninguno/es triste; y más triste para quien se siente/nube en lo elevado, río en lo profundo/”; y entonces abrigado en el “Fiat Lux y su Nostalgia” del vate José Santos Chocano me adentré, de a pocos, en el sentimiento poético de otros autores como Pablo Neruda, César Vallejo, Rubén Darío y, más actualmente, Mario Benedetti, Jaime Sabines y Nicanor de la Fuente; y entonces cual Cid o Quijote emprendí una nueva batalla por recuperar el tiempo perdido, y aunque no más reencontré en letras de novela a los sufridos enamorados del oriente y ni supe como terminaron entre tantas muertes, de ese propio tiempo de inercia literaria recogí no sólo la congoja de lo padecido, o el llanto escondido de un ser solitario, sino también el gozo de lo vivido, siendo éstos, mis propios recorridos, fuente de mi inspiración para atreverme nuevamente, y después de veinte años, a escribir y, lo que es peor aún, a publicar lo escrito.
Les invito entonces, en especial humildad, sumarme a la larga lista de los románticos hispanoamericanos que encabeza con lustre el cubano José María Heredia (1803-1839) y que conllevara a la sentencia de que, antes que surgiera el romanticismo en España, ya había surgido el romanticismo en América; no importa ser bueno o mal escritor, ni siquiera si es que el poeta atrae con sus rimas o el cantor con sus melodías, ya que como dijera Esteban Echeverría “el romanticismo no conoce forma ninguna absoluta; todas son buenas con tal que representen viva y característicamente la concepción artística. En la lírica canta y dramatiza, es heroico, elegíaco, satírico, filosófico, fantástico a la vez, en el drama ríe y llora, se arrastra y se sublima, idealiza y copia la realidad en las profundidades de la conciencia; toca todas las cuerdas del corazón-, es lírico, épico, cómico y trágico a un tiempo, y multiforme”.
Permítanme, no obstante, ampliar la singular propuesta de Memo Ortiz de leer este poemario bajo los sones distraídos de un ritmo juvenil, y también proponerles los acordes de unos tonos lentos y románticos; para así, recordando las palabras del poeta chiclayano Arturo Rodríguez, animarlos “a coger según la estación una limonada con hielo o una taza de buen café, relajarse, y leer hasta morir”.
Finalmente, debo reiterar que no pretendo con ello, y mucho menos me atrevo, en que al final me consideren como un auténtico poeta; soy simplemente un romántico más en la abundancia, alguien que ha recogido de lo vivido causa y motivo para sufrir, sentir, gozar y amar.
Chiclayo, 15 de Marzo del 2008
“BARTOLOMÉ”
No pretendo con ello lograr el advenimiento de ser consagrado en la segunda parte de mi vida como un componente del género lírico; bástame tan sólo el hecho de que atentos a lo escrito, encuentren no en mi corazón sino en vuestros propios corazones nociones para auscultar el recuerdo de un amor ido o en serena obstinación denotar satisfacción por lo propiamente que han vivido.
En este sentido, “POEMAS DE LO HONDO DEL CORAZÓN (Y A VECES DE LA RAZÓN)” es más que un reto logrado.
Recuerdo a la sazón, que la “locura” de escribir de la que habla el poeta Guillermo Ortiz, quién gentilmente ha accedido a servir de presentador en esta aventura, no nace recientemente para mí, pues encontrándome cursando mis estudios universitarios en la ciudad de Lima, ya lo había pretendido, atraído por las lecturas pre-contemporáneas de los románticos Mariano José de Larra, José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer e, incluso de novelas americanas, como las de Irving Wallace, al punto que me animé en una de tantas noches de insomnio adolescente a comenzar a escribir una novela bajo la atenta media luz de un pequeño cuarto de pensión; recuerdo que era sobre un romance acontecido en la selva inhóspita de nuestro país, entre una pareja que se vio simultáneamente afectada por la diferencia de sus orígenes sociales y de riqueza, como por los acontecimientos políticos existentes, entre ellos, los del narcotráfico y la subversión imperante con sus muertes; así, avanzaba a mano firme sobre el papel los capítulos de esa mi primera novela, hasta que un día de repente cedí, me aventuré en lo mundano de la vida y su distracción, y mis letras escritas quedaron revestidas por el polvo amarillo en un viejo fólder de cartón escondidas en un cajón y recubiertas por la ropa íntima que de semana en semana me atrevía a lavar yo mismo.
Fue así, que en uno de los preámbulos de mi retorno a mi ciudad natal, Chiclayo, recordé lo que había escrito años atrás, y pretendí recoger mis viejos textos para intentar reiniciar mi novela incompleta, pero por más que busqué nunca encontré ese fólder de manila con mis hojas escritas, dando lugar a que nunca más volviera a escribir.
Pero un día, ya no entre las paredes de un frío y húmedo cuarto limeño, sino entre el calor de mi ciudad natal y la gracia de mi nuevo hogar, es que recordé lo que mi padre acostumbraba a recitar a sus noveles sobrinos, un fragmento de un poema que le enseñaron en su escuela primaria y que siempre repetía con voz trémula al aroma de unas copas de cantina: “Hace ya diez años/que recorro el mundo/ ¡He vivido poco!/ ¡Me he cansado mucho!/ Quien vive de prisa no vive de veras/quien no hecha raíces no puede dar frutos…/ Ser río que corre, ser nube que pasa/sin dejar recuerdos ni rastro ninguno/es triste; y más triste para quien se siente/nube en lo elevado, río en lo profundo/”; y entonces abrigado en el “Fiat Lux y su Nostalgia” del vate José Santos Chocano me adentré, de a pocos, en el sentimiento poético de otros autores como Pablo Neruda, César Vallejo, Rubén Darío y, más actualmente, Mario Benedetti, Jaime Sabines y Nicanor de la Fuente; y entonces cual Cid o Quijote emprendí una nueva batalla por recuperar el tiempo perdido, y aunque no más reencontré en letras de novela a los sufridos enamorados del oriente y ni supe como terminaron entre tantas muertes, de ese propio tiempo de inercia literaria recogí no sólo la congoja de lo padecido, o el llanto escondido de un ser solitario, sino también el gozo de lo vivido, siendo éstos, mis propios recorridos, fuente de mi inspiración para atreverme nuevamente, y después de veinte años, a escribir y, lo que es peor aún, a publicar lo escrito.
Les invito entonces, en especial humildad, sumarme a la larga lista de los románticos hispanoamericanos que encabeza con lustre el cubano José María Heredia (1803-1839) y que conllevara a la sentencia de que, antes que surgiera el romanticismo en España, ya había surgido el romanticismo en América; no importa ser bueno o mal escritor, ni siquiera si es que el poeta atrae con sus rimas o el cantor con sus melodías, ya que como dijera Esteban Echeverría “el romanticismo no conoce forma ninguna absoluta; todas son buenas con tal que representen viva y característicamente la concepción artística. En la lírica canta y dramatiza, es heroico, elegíaco, satírico, filosófico, fantástico a la vez, en el drama ríe y llora, se arrastra y se sublima, idealiza y copia la realidad en las profundidades de la conciencia; toca todas las cuerdas del corazón-, es lírico, épico, cómico y trágico a un tiempo, y multiforme”.
Permítanme, no obstante, ampliar la singular propuesta de Memo Ortiz de leer este poemario bajo los sones distraídos de un ritmo juvenil, y también proponerles los acordes de unos tonos lentos y románticos; para así, recordando las palabras del poeta chiclayano Arturo Rodríguez, animarlos “a coger según la estación una limonada con hielo o una taza de buen café, relajarse, y leer hasta morir”.
Finalmente, debo reiterar que no pretendo con ello, y mucho menos me atrevo, en que al final me consideren como un auténtico poeta; soy simplemente un romántico más en la abundancia, alguien que ha recogido de lo vivido causa y motivo para sufrir, sentir, gozar y amar.
Chiclayo, 15 de Marzo del 2008
“BARTOLOMÉ”
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