
¡Conocí, en el año de 1999, estando en Buenos Aires, Argentina, a un personaje extraordinario que marcaría mi vida literaria. Era la segunda oportunidad que visitaba la patria del inmortal Carlos Gardel para asistir, en representación de la Casa del Poeta Peruano, al evento internacional denominado “V Encuentro de Poetas del MERCOSUR y la Comunidad Hispanohablante”.
Por una deferencia muy especial, que hasta ahora agradezco, quedé alojado en la acogedora residencia de la Presidenta de la Sociedad Argentina de Literatura, Artes y Ciencias (SALAC) y organizadora del evento mencionado, mi entrañable amiga Rosalía Pelle Mancuso, que se encontraba ubicada en la hermosa ciudad de La Plata, la capital de Buenos Aires. Fue precisamente Rosalía quien me presentó a su “maestro”, así solía llamarlo ella. Al Dr. Miguel Oscar Menassa que se encontraba por entonces en Buenos Aires, de regreso de Madrid, España, donde reside desde hace muchos años. El Dr. Menassa es una personales impresionante u multifacético, digno ejemplo de las inteligencias múltiples. De profesión Médico Psiquiatra, psicoanalista de inmenso renombre internacional, es un consagrado poeta, novelista, pintor, conferencista y autor de una cantidad impresionante de libros publicados. Es infatigable su quehacer de escritor. De la lectura de uno de sus libros de poesía “La Patria del Poeta”, que él me obsequiara con una honrosa dedicatoria, yo quedé marcado por este verso que me parece la definición más exacta y justa de lo que significa la poesía y sentirse poeta, más allá de los artificios y exigencias verbales, necesarias y obligadas, no lo niego, de vates consagrados. Menassa dice entonces, sabiamente: “Si es posible el poema, es posible la vida”. Una definición que lo expresa todo con una sencillez inmensamente humana y que Julio anticipa en su poema “Tratar de Ceder” que calza perfectamente con lo dicho anteriormente:”Tiempos de los tiempos aquellos,/en que la palabra lo era toso,/y el suspiro aún existía”...
De aquí parto para comentar y representar, nunca será un análisis (no es mi pretensión), el poemario de Julio Fernández Bartolomé (su ópera prima), su inefable locura de poner a consideración de todos los humanos y de los que no lo sean, aquel acto confesional que él ha titulado “POEMAS DE LO HONDO DEL CORAZÓN (Y A VECES DE LA RAZÓN)”. Frente a éste título me acordaba ahora, de aquella añeja sentencia que nos advierte: “Las cosas del corazón, no las entiende la razón”. Para ser sincero conmigo mismo en la presentación de los poemas de Julio, mi amigo, yo nunca imaginé que dentro de las locuras que le conozco, existía ésta de la pasión por la poesía. Pero el hombre es un comunicador por excelencia y el corazón es su voz secreta y letal cuando se desborda en los causes del amor. Julio, como todo ser humano, tiene su propio y absoluto tiempo. Es el tiempo que él ha esperado y, por eso, uno de sus primeros poemas lleva éste título y nos dice: “Tiempos aquellos sobre los cuales cobijamos nuestras vidas, / paseos interminables de blandor y esperanza, pero fatiga insurgente al final de ellos”. O en “Tratar de Ceder” vuelve sobre lo mismo: “Tiempos de los tiempos aquellos, / que pasaban entre verso, canto y poesía, / dando vida a la otra vida”.
Julio escribe siguiendo una suerte de rima instintiva de acorde sentimental, verso asimétrico, antisonético. Obedece más a la fuerza de la pasión que al orden lírico tradicional; se expresa con absoluta libertad, confesándose a su manera, en un estilo muy personal. Así lo declara en su poema “Doblez”: “Escribo sin saber lo que escribo/ por ello no te afiances en mis letras/ y menos pretendas como mío/ si te digo cosas como estas…” En el mismo poema, añade: “Hoy mis versos carecen de sentido/ se invocan sin estacas ni martirios/ basta pretender que uno esté dolido/ para hacer de estos versos flor de lirios”.
Si uno atiende con cuidado la lectura de la poesía de Julio Fernández, identificado como Bartolomé, encuentra que el poema se mimetiza en varios espacios y tiempos, dependiendo del poema, y entonces lo sorprendemos convertido en un aeda, un rapsoda, un corifeo, un demiurgo, un juglar del siglo XXI, pero sobre todo, para mi gusto yo lo encuentro más cercano a lo que hoy se conoce, dentro del ámbito musical, como un auténtico representante del reggaeton. He probado al leer su poesía poniéndole esa música actual, narrando cada verso y ha sido sorprendente el descubrimiento. Estoy seguro que ni él mismo lo ha advertido. En todo caso es asunto de probar; les aseguro que encaja con muchos poemas. Los invito a intentarlo con los poemas “Ya lo Diste”, “Adela”, “Al que llega”, “Mi Soledad” y “El Desdichado”, por citar solo algunos. Su temática poética va en ese ritmo, con esa melodía, con esa música de confesión y denuncia, con ese discurso popular que llega al corazón sin que se dé cuenta la razón.
El Poemario “POEMAS DE LO HONDO DEL CORAZÓN (Y A VECES DE LA RAZÓN)”, es un testimonio abierto a la confesión de un hombre, de un poeta urgido por comunicar, lleno de coraje para pedir perdón y perdonar, de sufrir y llorar y, como lo afirmara el gran poeta Amado Nervo: “Pero tuve miedo de amar con locura,/ de abrir mis heridas que suelen sangrar, y no obstante toda mi sed de ternura, cerrando los ojos, la dejé pasar”, como nos lo dice Julio en su poema “Lo sufrido”: “Más allá de lo sufrido, / están los sueños por lograr, / están los odios por ignorar, / están las musas por amar”.
Hay, en el contexto total del poemario de Julio, un poema que me parece el más logrado, uno convertido en Oración en un símil divino con el dulce y humilde “Hermano de Asís”. Se trata del poema “Como Fuera”: “Como si fuera algo,/ así yo fuera. / Como si dejara algo, / así yo dijera, / Como si sintiera algo, / así yo sintiera, / Como si tuviera algo, / así yo tuviera, / Como si perdiera algo, / así me perdiera, / Como si doliera algo, / así me doliera, / Como si quemara algo, / así me quemara, / Como si existiera algo, / así yo existiera…”.
No obstante lo dicho, debo agregar unos comentarios adicionales motivados por otros poemas porque, como un árbol frutecido de versos el libro de Julio Fernández, crece, se yergue de floresta sutil en la frondosidad de su creación. Les confieso, a manera de compartir una locura más de Julio que, cuando comencé a escribir el prólogo de su libro, éste había alcanzado la suma de cincuenta poemas aproximadamente y esto, a mí, me pareció bueno y suficiente, pero a él no le pareció igual y siguió escribiendo más poemas hasta llegar a los noventa (hasta ese entonces). Lo que pasó es que, ganado por la pasión de la palabra, siguió escribiendo, en una suerte de febril inspiración, hasta rebasar casi los cien poemas que componen el texto. En este sentido, la imprenta se ha visto forzada a efectuar una pausa necesaria de espera, pero considero que ha valido la pena y así lo podrán confirmar los lectores. Sobre este punto debo admitir que los últimos poemas de Julio han alcanzado una madurez de impresionante valía que, por cierto, no se desdicen de la armonía y coherencia de los anteriores.
Puedo señalar con firmeza que, sin que medie ningún compromiso amical condicionante, los poemas de Julio han logrado, fruto de una terca constancia, una rigurosa y prolija orfebrería poética. Advierto, en estos últimos, un tratamiento más exquisito del hecho poético, la temática más profunda y cuidada, la filosofía del pensamiento interpretando la vida, los hechos, el acontecer existencial, todos ellos tratados con fuerza y estética precisa que los acerca su personal testimonio humano. Y esto sorprende y agrada porque, dicho desde lo hondo del corazón y, tal vez, con algo de razón, en los poemas de Julio se va consolidando el ser humano que exterioriza su mensaje dolido, aquel que expone las vísceras de su agonía con coraje y dignidad, que ejecuta su propia crucifixión amorosa, dejando en el camino su inexcusable temor inicial. Pero poco después, en la brevedad temporal de su voz, a corta distancia del silencio o el grito nostálgico de sus recuerdos, como aquel bien logrado poema narrativo referido a “La Casa” paterna. Mi gusto y reconocimiento, digo mío, a otro poema, y supongo que final, dedicado “A Mi Amigo Pepe”: “Si te dicen, Pepe, que el poeta no debe ser político, no te aflijas amigo, se equivocaron: es justo lo contrario. / Ojala los presidentes fueran poetas, los Ministros de Estado y hasta los Alcaldes con quienes vivimos, pues veríamos al país que estaría siendo mejor considerado, / como el joven poeta / trata a su poema recién creado”. Más allá dice: “…los tediosos discursos estarían siempre verseados con pausas, / rimas, estrofas y acentos, / me imagino al señor juez sentenciado con versos alejandrinos, / a un congresista sustentar sus proyectos en sonetos y serventesios, / y a esos políticos que incumplen promesas / castigarlos con lecturas / de poemas aliterados y sin contenido.”
Julio, encuentra al final su propia manera de hablarnos de amor, pero sobre todo, de las mujeres que han de permanecer eternas en sus poemas, y como no, si ya lo canta en este fragmento de su poema “Necesidad”: “Te necesito tanto que… / arrancaría las hojas de todos los poemarios / para guardarlos y leerlos cuando quisiéramos / y luego, en barquitos de papel, mandarlos al río / navegando en busca de lo que fuéramos”.
Finalmente, Julio existe para el amor y la poesía con este libro suyo que ahora nos presenta, haciendo realidad aquel pensamiento que reza así: “El amor que no se atreve no es fuego sino nieve”, o aquel otro del “Principito” de Saint Exupéri: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Empieza tu camino, Julio, y llena el cielo de palabras para que se estrelle el universo de corazones.
Lic. Guillermo Ortiz Suárez
Docente Universitario
Representante Internacional de la Casa del Poeta Peruano